Capítulo 02 · Palabra escrita

Lo que se pierde cuando la Biblia se lee como un manual

Un texto que nació para ser proclamado no se comporta igual cuando se convierte en material de consulta.

Durante mil quinientos años, casi nadie leyó la Biblia: la escuchó. El texto se proclamaba en voz alta, dentro de una asamblea, en un orden litúrgico que asignaba a cada página un día y un contexto. La lectura silenciosa e individual, que hoy nos parece la forma natural de acercarse a un libro, es en la historia de la Escritura una excepción reciente.

Eso no es un dato de erudición. Cambia lo que el texto puede hacer con quien lo recibe.

Un manual responde preguntas; la Escritura las hace

Un manual está organizado para ser consultado: se busca el epígrafe, se extrae el dato, se cierra. Quien lo usa manda sobre él. La Escritura funciona al revés. No responde a la pregunta que uno traía, sino que corrige la pregunta. Job pide explicaciones sobre el mal y recibe una interrogación sobre las constelaciones. El joven rico pide un requisito y recibe una vocación.

Cuando se lee como manual, ese mecanismo se apaga. Se busca el versículo que confirma lo que ya se pensaba, se subraya y se cierra. El lector sale exactamente igual que entró, con la diferencia de creerse ahora respaldado.

El precio del versículo suelto

La numeración de capítulos y versículos es del siglo XIII y del XVI respectivamente. Es una herramienta magnífica para localizar y una trampa para interpretar: convierte una narración continua en una lista de sentencias intercambiables. Ninguna otra obra de la literatura universal se cita así. Nadie discute sobre La Ilíada extrayendo el verso 312 sin el canto entero.

La consecuencia práctica es conocida por cualquiera que haya discutido de religión en una sobremesa: dos personas intercambian versículos como quien intercambia cartas de una baraja, y ninguna de las dos ha leído el capítulo completo del que salieron.

Cómo se restituye la escucha

La Dei Verbum pide leer la Escritura en el mismo Espíritu con que fue escrita, atendiendo al contenido y a la unidad de toda ella, a la Tradición viva y a la analogía de la fe. Son tres criterios y ninguno es opcional. El primero impide la lectura fragmentaria; el segundo, la lectura privada; el tercero, la lectura contradictoria.

En la práctica hay un ejercicio que vale más que cualquier método: leer un libro bíblico entero, de una sentada, en voz alta, sin buscar nada. Al terminar no se tendrán respuestas. Se tendrá otra cosa, más difícil de conseguir y más difícil de perder: se habrá oído hablar a alguien.

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