Nunca hubo tantas opciones disponibles para tan poca gente capaz de sostener una. Se puede elegir ciudad, oficio, credo, cuerpo y compañía, y cambiarlos todos antes de que ninguno haya empezado a formar a nadie. La oferta es inmensa. La capacidad de permanecer, mínima.
Conviene distinguir dos cosas que el lenguaje corriente confunde. Una es la libertad de indiferencia: la posibilidad de decantarse por cualquier cosa, medida en número de puertas abiertas. Otra es la libertad de excelencia: la capacidad efectiva de querer el bien y llevarlo a término, medida en obras terminadas. La primera crece cuando se multiplican las opciones. La segunda crece cuando se cierra alguna.
La puerta que no se cierra nunca
Un hombre delante de cien puertas abiertas no es cien veces más libre que un hombre delante de una. Es, casi siempre, un hombre que no atraviesa ninguna. La elección cuesta porque cerrar cuesta, y toda la arquitectura de la vida contemporánea está diseñada para ahorrarnos ese coste: contratos revocables, vínculos reversibles, compromisos con cláusula de salida.
El resultado es paradójico y verificable. Cuanto más se protege la posibilidad de deshacer, más se debilita la capacidad de hacer. Quien nunca renuncia a nada tampoco construye nada, porque toda construcción es, materialmente, una renuncia a las demás construcciones posibles en ese mismo terreno.
Servidumbres sin amo visible
La esclavitud antigua tenía cadena y tenía dueño. La actual tiene otra forma: se llama incapacidad de detenerse. Nadie obliga a mirar la pantalla trescientas veces al día. Y sin embargo se mira. San Pablo lo dijo antes y mejor: no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Esa frase no describe una época, describe una condición.
Lo nuevo no es la servidumbre, es que ahora se administra sin amo. Cada uno vigila su propia jaula y llama libertad a tener la llave puesta.
Qué sería otra cosa
La tradición cristiana propone un camino que suena a contrapelo: la libertad se educa obedeciendo a algo verdadero. No a cualquier cosa —eso es sumisión— sino a lo que uno ha reconocido como bueno después de examinarlo. El voto, la promesa, la regla y el horario no son enemigos de la libertad: son sus herramientas.
Quien haya sostenido una promesa durante veinte años sabe algo que no cabe en ningún argumento: que la persona que la cumplió al final no es la que la hizo al principio, y que esa diferencia se llama crecimiento.