Capítulo 02 · Palabra escrita

Fe y razón no compiten: se necesitan

La historia del falso duelo entre ciencia y creencia, y quién salió ganando con que lo creyéramos.

La idea de que la Iglesia y la ciencia libraron durante siglos una guerra abierta tiene una fecha de nacimiento bastante precisa: el último tercio del siglo XIX. La firmaron dos autores norteamericanos, John William Draper y Andrew Dickson White, y su tesis prendió porque explicaba el mundo con una sola línea. Los historiadores de la ciencia la abandonaron hace décadas. El público, no.

Lo que el archivo dice

El calendario que usa hoy el planeta lo encargó un Papa. La primera formulación de la expansión del cosmos a partir de un estado inicial denso la publicó un sacerdote belga, Georges Lemaître. La genética moderna arranca en el huerto de un monasterio agustino de Brno. La sismología tuvo tanto trabajo jesuita detrás que durante décadas se la apodó «la ciencia jesuita». Ninguno de esos hechos es una anécdota devota: son infraestructura.

El caso Galileo existió y fue un error grave, reconocido como tal. Pero un error identificable y datado no sostiene una teoría general del conflicto: la sostiene precisamente porque es excepcional. Si los choques fueran la norma, no haría falta citar siempre el mismo.

Por qué prendió la leyenda

Toda época necesita un relato fundacional que justifique su autoridad. El siglo XIX estaba construyendo la del método experimental y le convenía una historia de emancipación: la razón saliendo de la tutela. Las historias de emancipación necesitan un carcelero, y el papel estaba libre.

Hay además una razón más simple. El conflicto se cuenta en una frase; la colaboración exige un párrafo. En la competición por la atención, la frase gana siempre.

Dos órdenes, un solo entendimiento

La Fides et ratio abre con una imagen que no ha envejecido: fe y razón son las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Un ala no compite con la otra; ninguna vuela sola.

La razón depura a la fe de superstición y le exige rigor. La fe le recuerda a la razón que hay preguntas que ella misma formula y no puede cerrar: por qué hay algo en lugar de nada, por qué la realidad es inteligible, por qué la verdad obliga. Renunciar a una de las dos no simplifica el problema. Solo deja al hombre con menos instrumentos delante del mismo problema.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

Después de leer

Esto se sigue
hablando en otra parte

Hay un grupo en Telegram donde lo que aquí se publica se discute con calma, y está abierto hoy. Kerigmaté es la carta semanal del Padre Manuel Talavera: una lectura del texto sagrado, cada semana, en el correo. Sin ruido y sin coste.