Hay una objeción que aparece siempre, tarde o temprano, en la conversación con quien intenta rezar y no puede: «no quiero decirle a Dios lo que de verdad estoy pensando». Detrás hay una idea muy extendida y muy falsa: que la oración consiste en presentarse ante Dios con la versión editada de uno mismo.
El salterio desmiente esa idea en la segunda página. Ciento cincuenta poemas y casi un tercio son quejas. No plegarias resignadas: reclamaciones. «¿Hasta cuándo, Señor, me tendrás olvidado?». «Me has hecho bajar a la fosa». Quien escribió eso no estaba maquillando nada.
La queja no está permitida: está prescrita
Conviene medir bien el escándalo. Esos textos no son un desahogo particular que la tradición toleró por respeto a su antigüedad. Son la oración oficial del pueblo de Dios, cantada en el Templo, heredada por la Iglesia y repartida a lo largo de la Liturgia de las Horas. La Iglesia no solo consiente la queja: la pone en el horario.
El motivo es teológico, no terapéutico. Solo se le reclama a alguien de quien se espera algo. El lamento del salmista es, en su misma estructura, un acto de fe: nadie discute con un ausente.
Del grito a la forma
La diferencia entre el salmo y el simple desahogo es la forma. Casi todos los salmos de súplica recorren el mismo trayecto: invocación, exposición del mal, petición, y un giro final —muchas veces abrupto— hacia la confianza. Ese giro no borra lo anterior. Lo sostiene.
Ahí está la enseñanza práctica. El salterio no enseña a sentir otra cosa; enseña a llevar lo que uno siente a alguna parte. La emoción entra entera y sale ordenada. Quien reza salmos durante años descubre que ha aprendido una gramática: sigue teniendo las mismas noches, pero ya sabe cómo se dicen.
Un ejercicio para empezar
Tres pasos y ninguno requiere formación previa. Primero, elegir un salmo de súplica —el 13, el 42 o el 88 sirven— y leerlo en voz alta, entero, sin saltarse los versículos incómodos. Segundo, repetirlo al día siguiente sin buscar sentimiento nuevo. Tercero, sostenerlo un mes.
Lo que cambia al cabo de ese mes no es la circunstancia. Es que uno ha dejado de rezar solo: está diciendo palabras que otros dijeron antes en la misma noche, y esa compañía, que no resuelve nada, sostiene casi todo.